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martes, 2 de octubre de 2018

Los Feedlebag

 



     El pasado 22 de septiembre tuvo lugar la presentación del libro  Los Feedlebag  de la profesora Beatriz Cerón.

   En el jardín de La casaestudio de Suso de Marcos pudimos disfrutar de una agradable tarde-noche amena y llena de sorpresas. No es de extrañar cuando se aúnan personalidades tan enriquecedoras como las del escultor y mecenas Suso de Marcos, la novelista Marisi Morales, el guitarrista y compañero José Luis Lastre y nuestra escritora Beatriz.


    Si bien su trayectoria está dedicada fundamentalmente a la poesía, con Los Feedlebag comienza, con acierto, una nueva andadura en el campo de la prosa.


    En Los Feedlebag, un grupo de adolescentes recorrerán un camino donde la amistad, el amor o el desengaño se entretejen en el marco incomparable de los Picos de Europa. ¿Qué provocará que este grupo de jóvenes unan sus fuerzas e ilusiones? Una fascinante aventura de luz, fuego y seres extraños ...

 Disponemos de 6 ejemplares en  nuestra biblioteca

Podéis disfrutar de esta amena lectura haciendo uso del servio de préstamos de la biblioteca del centro y también se puede adquirir en internet y en librerías (en Vélez, en La Lonja y en Málaga, en Luces).
Aquí tenéis el enlace de la editorial:
ww.tandaia.com/product-…/los-feedlebag-beatriz-cerón

¡Enhorabuena Beatriz! ¡Esperamos la segunda parte!

martes, 7 de junio de 2016

 

Entrevista realizada a Arturo Pérez-Reverte por nuestra alumna de 1º de Bachillerato A, María López Fernández, tras la lectura de La Tabla de Flandes.

De todas sus novelas, ¿cuál o cuáles le han dejado mejor sabor de boca?
Todas dejan mal sabor de boca. Es un trabajo duro, y al final siempre queda una sensación de derrota, de divorcio, de vacío. Dos años de tu vida en trescientas páginas de papel y tinta, con todas las ilusiones iniciales diluidas por la rutina del trabajo de días y meses y años. Al acabarlas, uno sabe siempre que pudo escribirlas mejor. Son los lectores los que lo consuelan a uno.
¿Por cuál de sus novelas le gustaría ser recordado?
No sé si me recordarán por algo, ni me interesa demasiado. Aunque supongo que, cuando palme, el titular será: “Murió el padre de Alatriste”. Y no es mal epitafio.
¿En qué momento del día se sienta a escribir?
Si no estoy de viaje, por la mañana, cada día a las 08,00 y trabajo hasta las 15,00 más o menos. Por la tarde leo o corrijo. Trabajo cada día que estoy en casa, laborables o festivos, menos los jueves, que voy a la RAE. Como vivo en la sierra, a cuarenta km. de Madrid, nadie me incomoda.

Me gustaría hacer una referencia a La Tabla de Flandes y criticar el personaje del ajedrecista, que reúne todos los tópicos que habitualmente caen en los jugadores de ajedrez. ¿No podía haber evitado estos tópicos o realmente piensa que los jugadores de ajedrez son tan patéticos como los describe?
No creo que la palabra patético sea aplicable al jugador Muñoz, pero como lectora y tal vez ajedrecista es usted muy dueña. Permítame imaginar que eso no es corriente, pues todos cuantos conozco, que son muchos, lo que desean siempre es ganar. Otra cosa es que Muñoz participe de rasgos comunes, frecuentes entre los que tienen su afición. Por eso, en cuanto a “incurrir en tópicos” como algo negativo para la novela, no puedo estar de acuerdo con usted. Algunos tópicos lo son porque corresponden a realidades, y por eso se convierten en tales. Más tópico es el anticuario César, por ejemplo, y eso no impide que yo conozca a varios anticuarios que encajen perfectamente en ese personaje. Precisamente el ajedrez está lleno de gente que corresponde, muchas veces, a esas características que usted llama tópicas. No por eso son personajes menos reales, ni novelables. Se lo dice un jugador de ajedrez mediocre, con amigos ajedrecistas de mérito razonable, e hijo de un jugador de ajedrez bastante notable, con trofeos y todo. En el que, por cierto, me inspiré para construir algunos rasgos psicológicos del jugador Muñoz.

Si llegara sediento con su barco a una isla casi desierta, ¿quién le gustaría que estuviera allí con una jarra de agua fresca que pudiera apagar su sed? Y si esa persona sólo tuviera un libro, ¿cuál le gustaría que tuviera?
Mónica Bellucci con un Quijote, para cuando se nos acabara la conversación. Pero incluso sin libro podría arreglármelas, supongo.

La fama le ha dado muchas cosas ¿cuáles le ha arrebatado? y ¿escribiría para mantenerla a cualquier precio?
En algunos lugares, me ha arrebatado intimidad. Y la posibilidad de sentarme a observar a la gente mientras paso inadvertido. Aunque procuro seguir haciéndolo cuanto puedo. Por lo demás, como dije antes, la fama, en mi caso, sólo sirve para que te den mejores mesas en los restaurantes.

Si tuviera que dar a algún escritor novel un consejo, ¿cuál sería? ¿Existe realmente tal consejo?
Leer mucho, practicar mucho, romper mucho y no tener ninguna prisa en publicar. Las prisas mataron a muchos escritores que pudieron ser buenos. Y sobre todo, no escribir nunca para los suplementos literarios, sino para los lectores y para uno mismo.

¿No echa de menos, en algún momento, su etapa de reportero de guerra?
No. Ese tiempo y esos reporteros ya no existen. Los mató la conexión en el directo y el teléfono móvil. Ahora es distinto, sólo hay que ver los telediarios. Por eso me fui, entre otras cosas. Lo que echo de menos es mi juventud, claro. Y lo que ésta hizo posible. Imagínese: joven, mochila, guerras a la manera de toda la vida y el mundo por delante. Ni siquiera había Sida, figúrese. Pero no. Sin duda es usted joven. No creo que se lo figure.

viernes, 29 de noviembre de 2013

El sabueso de los Baskerville

http://balasdepintura.com
Le acompaño —dije.
—Pues tome su revólver y póngase las botas. Cuanto antes salgamos será mejor, ya que el individuo puede apagar la vela y marcharse.
A los cinco minutos estábamos fuera e iniciábamos nuestra expedición. Nos apresuramos por los oscuros matorrales, en medio del lúgubre sonido del viento otoñal y el susurro de las hojas que caían. El aire de la noche estaba cargado con el olor de humedad putrefacta de la vegetación. De vez en cuando la luna se asomaba por unos instantes, pero por la faz del cielo corrían nubarrones y en el momento en que salimos al páramo empezó a llover. La luz seguía brillando inmóvil frente a nosotros.
—¿Va usted armado?
—Llevo un arma de caza.
—Debemos cercarle inmediatamente, ya que dicen que es un individuo desesperado. Le cogeremos por sorpresa y le tendremos a merced nuestra antes de que pueda resistirse.
—Oiga, Watson —dijo entonces el baronet—. ¿Qué dirá Holmes de esto? ¿Qué pasa con esas horas de oscuridad en que los poderes del mal andan sueltos?
Como respondiendo a sus palabras, por la inmensa negrura del páramo se elevó de pronto aquel extraño aullido que ya había oído anteriormente junto a la gran ciénaga. El viento arrastró, en medio del silencio de la noche, un largo y profundo murmullo, luego un aullido creciente y, por último, un triste lamento que se fue perdiendo gradualmente. Sonó una y otra vez, haciendo que el aire vibrase con aquel sonido estridente, salvaje y amenazador. El baronet me tomó del brazo y, a pesar de la oscuridad, pude ver la palidez que le cubrió el rostro.
Arthur Conan Doyle

martes, 19 de noviembre de 2013

El Lazarillo de Tormes


          Usaba poner cabe si un jarrillo de vino cuando comíamos, y yo muy de presto le asía y daba un par de besos callados y tornábale a su lugar. Mas duróme poco, que en los tragos conocía la falta, y por reservar su vino a salvo nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido; mas no había piedra imán que así trajese a sí como yo con una paja larga de centeno, que para aquel menester tenía hecha, la cual metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino lo dejaba a buenas noches. Mas como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y dende en adelante mudó propósito, y asentaba su jarro entre las piernas, y atapábale con la mano, y ansí bebía seguro. Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil, y delicadamente con una muy delgada tortilla de cera taparlo, y al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y al calor della luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destillarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada: espantábase, maldecía, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué podía ser.
"No diréis, tío, que os lo bebo yo -decía-, pues no le quitáis de la mano."
Tantas vueltas y tiento dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla, ...


MARINA

Titulo de la imágen Tamara De Lempicka - Jeune fille au vent
Tamara De Lempicka - Jeune fille au vent

      Mi amigo Óscar es uno de esos príncipes sin reino que corren por ahí esperando que los beses para transformarse en sapo. Lo entiende todo al revés y por eso me gusta tanto. La gente que piensa que lo entiende todo a derechas hace las cosas a izquierdas, y eso, viniendo de una zurda, lo dice todo. Me mira y se cree que no le veo. Imagina que me evaporaré si me toca y que, si no lo hace, se va a evaporar él. Me tiene en un pedestal tan alto que no sabe cómo subirse. Piensa que mis labios son la puerta del paraíso, pero no sabe que están envenenados. Yo soy tan cobarde que, por no perderle, no se lo digo. Finjo que no le veo y que sí, que me voy a evaporar...
        Mi amigo Óscar es uno de esos príncipes que harían bien manteniéndose alejados de los cuentos y de las princesas que los habitan. No sabe que es el príncipe azul quien tiene que besar a la bella durmiente para que despierte de su sueño eterno, pero eso es porque Óscar ignora que todos los cuentos son mentiras, aunque no todas las mentiras son cuentos. Los príncipes no son azules y las durmientes, aunque sean bellas, nunca despiertan de su sueño. Es el mejor amigo que nunca he tenido y, si algún día me tropiezo con Merlín, le daré las gracias por haberlo cruzado en mi camino.
Marina. Carlos Ruiz Zafón

  

martes, 15 de octubre de 2013

La metamorfosis


      

    Al despertar Gregorio Samsa  una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza,  vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables  patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo  de una agitación sin consistencia.

      -¿Qué me ha sucedido?

    No soñaba, no. Su habitación, una habitación de verdad, aunque excesivamente reducida, aparecía como de ordinario entre sus cuatro harto conocidas paredes. Presidiendo la mesa, sobre la cual estaba esparcido un muestrario de paños  -Samsa era viajante de comercio-, colgaba una estampa ha poco recortada de una revista y puesta en un lindo marco dorado. Representaba esta estampa una señora tocada con un gorro de pieles, envuelta en una boa también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía contra el espectador un amplio manguito, asimismo de piel, dentro del cual había desaparecía todo su antebrazo.

     Gregorio dirigió luego la vista hacia la ventana; y el tiempo nublado (sentíanse repiquetearen el cinc del alféizar las gotas de lluvia) infundióle una gran melancolía.

       Bueno -pensó-; ¿qué pasaría si yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías?- Mas era esto algo  de todo punto irrealizable, porque Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esta postura...

     La Metamorfosis. Franz Kafka.

Traducción de Jorge Luis Borges

Texto completo en El Libro Total