jueves, 13 de diciembre de 2012

Un mundo feliz


 
Quizá lo que más sorprenda de la novela Un mundo feliz sea la fecha en que Aldous Huxley la escribió. Se cuenta que le dedicó tan sólo cuatro meses de 1932. Y aunque el estilo y el acabado de la obra se resienten desde luego de cierta precipitación, lo que más llama la atención es el año: en 1932 los países capitalistas se encontraban en lo más hondo de la crisis económica iniciada en 1929 y por aquel entonces el modelo económico basado en el consumo de masas y la obsolescencia planificada que salvaría al modo de producción capitalista tras la tabula rasa de la Segunda Guerra Mundial era sólo un ensueño. Y sin embargo, los grandes temas de ese nuevo mundo están ya sólidamente apuntados en el libro de Huxley: un Estado paternalista, la práctica del hiperconsumo, el uso de las técnicas psicosociales para el control del individuo, la relación entre ocio y drogas populares, la revolución sexual, la sustitución de la cultura intelectual por la cultura de masas...
Aldous Huxley nació en Inglaterra en 1894. Pertenecía a una familia de intelectuales y científicos y gozó de una exquisita educación y de un ambiente social muy estimulante en contacto con el arte, la literatura, la filosofía y la ciencia. Se interesó desde joven por la creación literaria, en la que se inició con varios libros de poemas, cuentos y novelas hasta que en 1932 escribió Un mundo feliz, su obra más conocida. A lo largo de su vida Huxley viajó mucho y dedicó su tiempo tanto a conocer las sociedades más avanzadas del mundo como algunas de las culturas ancestrales vinculadas a la naturaleza: la tibetana, la hindú o la de los nativos americanos. Su interés por estas culturas le llevó a adoptar algunas de sus tradiciones relacionadas con el misticismo y el autoconomiento, escribiendo sobre sus experiencias en este campo. Aldous Huxley continuó publicando novelas y ensayos hasta su muerte en 1963.
¿Por qué Un mundo feliz ha tenido tanto éxito y por qué forma parte de las lecturas de este curso? Porque es una de las grandes distopías de la literatura. La palabra distopía no aparece en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, pero para empezar a entenderla podemos decir que una distopía es una utopía negativa. Una utopía no es, como a menudo se piensa, un proyecto imposible. Una utopía es una situación deseable pero inexistente y de difícil consecución. Pero además, empezando por la que dio nombre a la idea, la Utopía de Tomás Moro, es un modelo social que por contraste sirve para criticar a la sociedad en la que uno vive: por ejemplo, cuando Tomás Moro cuenta que en la isla de Utopía existía tolerancia religiosa está criticando el hecho que en la Europa de su época no se encuentre esa misma tolerancia. Entonces, una utopía negativa (o una distopía) consistirá en una utopía que aparentemente es deseable pero en la que, si miramos bien, encontramos razones para el pesimismo y el desasosiego. Por ejemplo, la primera utopía occidental quizá fue la que Platón propuso en su obra La República, pero para muchos lectores la sociedad defendida por el ateniense resulta de un totalitarismo asfixiante y distópico. Las auténticas distopías nos alertan sobre todo acerca de nuestra propia sociedad, como hemos dicho que hacen las utopías: nos avisan de que algunas supuestas bondades sociales, políticas o tecnológicas no son en realidad tan de fiar. En la literatura del siglo XX se han imaginado varias distopías interesantes, a menudo vinculadas a la supuesta promesa de felicidad que trae de la mano el desarrollo científico y tecnológico: Un mundo feliz, de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury son las más conocidas, pero hay otras muchas. Desde luego las distopías suelen ser más atractivas cuanto más y mejor nos alerten acerca de los riesgos de nuestra propia sociedad. Por eso no necesariamente tienen que describir sociedades futuristas. Algunas, como el Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, tienen la apariencia de simples fábulas. En otras, como en la novela Nunca me abandones del británico Kazuo Ishiguro, la tecnología distópica resulta tan sutil como terrible.

Analizar Un mundo feliz es poco menos que una empresa inabarcable. Huxley introduce continuas referencias a su época, jugando a relacionar los nombres de los personajes con personalidades reconocibles en la década de 1930 o en el pensamiento político de entonces. El aliento de las teorías psicoanalíticas de Sigmund Freud nos persigue durante la mayor parte de nuestra lectura. Además, toda la novela está entreverada de alusiones a las obras de William Shakesperae, escritor proscrito en ese mundo maravilloso y despreocupado del que habla Aldous Huxley. El propio Huxley, en Nueva visita a un mundo feliz, colección de ensayos publicados en 1958, intentó profundizar en la validez de sus análisis distópicos, confrontados por fin a la sociedad de consumo.