lunes, 31 de octubre de 2011

Samhain

(...) Lo que vio lo impresionó, ya que me lo ha contado, más de lo que podía concebir de observar un dibujo o un grabado. Y, dado que la imagen que vio ya no existe más, hay solamente una fotografía del mismo (que está en mis posesiones) que justifica sumamente esta declaración. La imagen en cuestión era un grabado en sepia, de por lo menos el siglo diecisiete, y representaba, a primera vista, una escena bíblica, dada la arquitectura (la imagen mostraba un interior) y las figuras, que tenían ese gusto semi-clásico con que los artistas de hace dos centurias creían apropiado para las ilustraciones de la Biblia. A la derecha había un rey en su trono, y este trono estaba elevado sobre doce peldaños, un baldaquín, leones a cada lado; se trataba evidentemente del rey Salomón. Estaba como flexionado hacia adelante, extendiendo su cetro, en actitud de comando; su rostro expresaba horror y disgusto, aunque también imperiosa voluntad y poder. La mitad izquierda del dibujo era lo más extraño de todo. El interés se centraba ahí. En el suelo detrás del trono estaban agrupados cuatro soldados, que rodeaban a una figura agazapada que será descrita en un momento. Un quinto soldado yacía muerto a un costado, con su cuello torcido de forma antinatural, y sus ojos fuera de sus órbitas. Los cuatro guardias estaban mirando al rey. En sus rostros el sentimiento de horror era aún más intenso; parecían, de hecho, que solamente seguían en sus puestos a causa de su ciega confianza en el rey. Todos estos terrores eran inspirados únicamente por el ser agazapado en el centro. Enteramente carezco de palabra que pueda describir la impresión que ésta figura provocaba en cada quien que la observaba. Recuerdo una vez haber mostrado la fotografía del dibujo a un expositor de morfología, una persona que, tuve que decir, anormalmente sana y de no mucha imaginación. Él se negó terminantemente a quedarse solo el resto de la noche, y me contó mucho después, que durante numerosas noches no osó apagar la luz para ir a dormir. A pesar de todo, los principales atributos de la figura trataré de al menos indicar. Lo primero que uno veía era una masa de hirsuto, enmarañado pelo negro, la cual cubría un cuerpo de espantosa delgadez, casi esquelética, pero con músculos firmes como alambres. Las manos tenían una oscura palidez, y, al igual que el resto del cuerpo, estaban cubiertas por el mismo tipo de cabello, y coronadas en horribles zarpas. Los ojos, coloreados con un amarillo ardiente, tenían pupilas de un negro intenso, las cuales estaban
clavadas en el rey mismo, y exudaban un odio bestial. Imagine una de las desagradables serpientes cazadoras de aves de Sudamérica trasladadas a un ser humano, y dotada de una inteligencia poco menor a la de un humano, y usted tendrá un débil concepción del terror inspirado por esta sobrecogedora efigie. Un comentario que es usualmente hecho por quienes han visto la fotografía que tengo es que: "ha sido dibujado del real" (...). 

[Historias de fantasmas de un anticuario, Montague Rhodes James. El original fue publicado en el año 1894]

Porque hay vida más allá de Lovecraft.